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La Fondazione Prada De Milán

La Fondazione Prada de Milán

  • Arte

Me encanta cómo en Italia así como los grandes arquitectos, saben mantener la belleza e historia de los edificios antiguos y ampliarlos con nuevos y modernos espacios adaptados a las necesidades del momento, con una estética rompedora que es capaz de convivir con la anterior. La Fondazione Prada ha recurrido al arquitecto holandés Rem Koolhaas (1944), al que admiro profundamente, pero que lamentablemente no tiene presencia en España. El edificio por sí mismo merece una visita.

Además, pudimos disfrutar de las instalaciones de algunos de los artistas internacionales de más renombre, que hacen que la Fondazione Prada sea uno de esos espacios que no te puedes perder en el mundo del arte.

Impresionante la gruta del alemán Thomas Demand (1964) que no se limita a mostrar una de sus fotografías, sino que nos permite profundizar en su proceso de trabajo, tan poco habitual de ver. Probablemente lo más deslumbrante de este artista es cómo comienza elaborando maquetas a base de cartón para luego fotografiarlas, siendo prácticamente imperceptible su proceso, lo que nos lleva a confundir realidad con ficción. En esta ocasión, encontramos no sólo la documentación que emplea para diseñarlo, como dibujos y postales de las grutas más bellas del mundo, entre las que no podían faltar las españolas; sino que nos permite apreciar la maqueta de la gruta elaborada a base de cartón a tamaño natural. Para esta instalación han seleccionado un espacio subterráneo que facilita la sensación de adentrarnos en una gruta desde que descendemos por las escaleras camino a la obra.

Thomas Demand

“Proceso grotesco” (2006-2007) de Thomas Demand

En la torre de nueve pisos dedican cada uno de ellos a uno o dos artistas de primer nivel, pero que no dialogan entre ellos, sino que simplemente se complementan.

Quizás la más llamativa es la del belga Carsten Holler (1961), un científico cuyas creaciones pretenden estimular al público a interactuar con sus obras y generar sensaciones. Le gusta desubicar al espectador, devolverle a la infancia invitándole al juego en código de humor. Para ello, nos invita a circular por un espacio oscuro que nos exige poner todos nuestros sentidos en atravesarlo sin caernos ni chocarnos, una forma de dejar la mente en blanco y que la instalación nos sorprenda más. Grandes setas alucinógenas cuelgan del techo y giran permitiéndonos apreciar cómo algunas de ellas han sido mordidas. Después de la desorientación del túnel oscuro debemos sortear las setas en movimiento y atravesar la sala. Consigue descolocarnos sin haber probado esas sustancias alucinógenas.

Carsten Holler

“Upside down. Mushroom room” (2000) de Carlsten Holler

En ese mismo piso, un panel diagonal con la imagen de “El cuerpo de Cristo en la tumba” de Hans Holbein el Joven (1521) atraviesa la sala, destacando la expresión de su rostro y de las manos que dan la sensación de que está enojado. En la parte superior del panel John Baldessari (1931-2020) pinta una línea azul y en el techo coloca una cámara de forma que cuando la sala está vacía sólo se puede apreciar esa línea azul que divide la habitación en dos mitades. La posición de Cristo y su expresión generan interés en el público que se acerca a verlo y que queda grabado por la cámara. Cuando el espectador sale de la sala llega a otra contigua en el que se presenta con un minuto de retardo lo que ha pasado en la anterior. El público aplica una nueva mirada a la obra y a si mismo observando el arte. Refleja nuestra estupefacción por la poca costumbre de detenernos a observar nuestros comportamientos así como una muestra de nuestros miedos ante la muerte y la memoria.

John Baldessari

“Blue line” de John Baldessari

No podía faltar el artista inglés Damien Hirst (1965) que trata entre otros temas las fronteras entre la vida y la muerte. Recurre a cuatro grandes cubos transparentes. En dos de los cubículos un matamoscas eléctrico en la parte central del mismo con una atrayente luz roja o azul va matando las moscas que se acumulan en el suelo, llevándonos a reflexionar sobre cómo construimos objetos que acaban con la vida de algunos seres vivos, no tanto porque peligre nuestras vidas, sino simplemente porque nos resultan molestas. Esta obra fue muy polémica ya que una sociedad protectora de animales denunció que se creara una obra de arte en la que se mataran animales. En el último cubículo, un científico crea sustancias artificiales que afectan a nuestra salud. Junto a él un cubo con una pala de niños nos hace pensar que es como un juego o que la receta creada es para un niño. Un cartel refleja sus pensamientos: “I wish I were not here”, una forma de decir que a veces nos vemos forzados a actuar contra natura.

Damien Hirst

“A way of seeing” (2000) de Damien Hirst

En otra de las salas, siguiendo con ese código infantil, un ramillete de tulipanes gigantes del estadounidense Jeff Koons (1955) yace sobre el suelo. Recurre a una escala desmesurada para captar la atención y a los colores brillantes que se emplean en las ferias. Se representan como globos que nos recuerdan a nuestra infancia y forman parte de la serie “Celebración”. Emplea este lenguaje para comunicarse con las masas empleando los códigos publicitarios y de la industria del ocio homenajeando el pop art.

Jeff Koons

“Tulipanes” (1994-2005) de Jeff Koons

Del artista estadounidense Walter de María (1935-2013) que tuvo un papel protagonista en el land art, tenemos tres vehículos Chevrolet Bel Air rojos y crema impecables. Están atravesados de unas barras de acero que impiden entrar en ellos, quitándoles su función. Además, carecen de motor y tienen las ruedas deshinchadas, con lo que los automóviles se convierten en escultura.

Walter de María

“Bel air trilogy” (2000-2001) de Walter de María

En definitiva, un espectáculo de espacio y de obras de arte que merecen una visita a Milán, una ciudad donde el arte contemporáneo vibra.

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