Arte en la tierra en el Museo Guggenheim
El cuidado del medioambiente está de moda. La sociedad debate sobre un posible cambio climático. Mientras unos protestan por la debacle de la naturaleza, otros defienden que se trata de algo cíclico que ha ocurrido en el pasado. Por otro lado, el auge de la vida estrepitosa en la urbe reivindica a la naturaleza como un medio para detenerse, respirar y pausar el ritmo frenético.
El arte se hace eco de ello, pero no hay que olvidar que ya fue un tema recurrente a finales del siglo XX. El Museo Guggenheim organiza una muestra maravillosa en la que introduce tierra, plantas, hojas y plumas dentro del museo desafiando las leyes de la naturaleza y cuestionando la acción humana.
No es algo insólito. Si nos remontamos al siglo pasado, el land art fue un movimiento en el que se intervenía el paisaje con elementos de la naturaleza como piedras o ramas. En la muestra podemos contemplar, de hecho, la obra de pioneros del Land Art como el artista británico Richard Long (1945) o Dennis Oppenheim (1938-2011). Long no realizaba cambios significativos en la naturaleza. Le gustaba emplear la piedra por ser uno de los primeros elementos usados por el hombre. Con ellas marca el camino, disponiéndolas de otra forma como este círculo fragmentado de mármol. Sus obras están a caballo entre la escultura y la arquitectura. Denota una simplicidad conceptual que concibe por medio de formas universales y atemporales.

“Círculo fragmentado de mármol” (1987) de Richard Long
Otro ejemplo de la época es el Arte Póvera, un movimiento artístico que surgió en Italia en la década de los sesenta en el que se empleaban materiales humildes y naturales que se iban deteriorando alterando la obra. Uno de los grandes exponentes fue el italiano Giuseppe Penone (1947) que une arte y naturaleza. Le interesa el árbol como organismo vivo que se asimila a la figura humana o las uñas como parte del cuerpo, construyéndolas en vidrio y depositándolas en el suelo sobre una cama de hojas.

“Uña y hojas de laurel” (1989) de Giuseppe Penone
Entre los años setenta y ochenta la naturaleza como la paja o la arena se convierten en material de artistas como la catalana Fina Miralles (1950), la cubana Ana Mendieta (1948-1975) o el italiano Giovanni Anselmo (1934-2023).
De la misma época observamos una instalación de Fina Miralles (1950) que mezcla lo natural con lo artificial. La naturaleza se introduce en el hogar. Podemos apreciar cómo la paja atrapa a un escritorio o forma una alfombra sobre la que se colocan unas sillas en las que la base de una de ellas es césped y en la segunda no hay base porque aparentemente hubo hierba que cayó y que se ve en el suelo. Los muebles pierden su función.
A partir de aquí voy a centrar mi selección en obras más actuales cuyo discurso nos puede resultar más cercano. Llama la atención cómo la artista colombiana Delcy Morelos (1967) transforma una sala del museo en masas de tierra de las que brotan algunas hierbas y que nos trasladan a un espacio fuera del museo. Nos hace cuestionarnos en primer lugar cómo puede producir una obra a partir de materiales inestables como la tierra y en la que al haber vida requiere unas condiciones específicas de conservación en el museo. Después de superar esa sorpresa nos hace pensar en qué le inquieta a la artista al hacer esta obra. Para ella bruja significa ser una mujer con sabiduría que quiere conocer los secretos de la naturaleza. Inspirada en rituales andinos mezcla la tierra con canela y especias invocando a los espíritus del territorio. Para ella la tierra es como una divinidad femenina por su fertilidad y su función alimenticia. A pesar de su fragilidad es testigo de dolor y de violencia.
“Bruja” (2025) de Delcy Morelos
También encontramos esculturas vivas de Hans Haacke (1936) o de la alemana Isa Melscheimer (1968). De ésta última podemos ver las “Cajas de Ward”, en forma de pequeños invernaderos portátiles. Se inspira en el invento del Dr Ward del siglo XIX para traer plantas exóticas de otros países a jardines botánicos, que se transportaban en las cubiertas de los barcos. Son pequeños ecosistemas en los que se puede observar cómo crecen las plantas. Nos habla de la adaptación de la naturaleza que lucha contra la intervención humana.

“Wardian case” (2023) de Isa Melsheimer
Otros artistas como el mexicano Héctor Zamora (1974) o el argentino Gabriel Chaile (1985) recurren al barro, cemento o ladrillos para transmitir espiritualidad a través de esculturas geométricas sagradas. En “El huevo de la vida” Zamora emplea ladrillos franceses, un material de construcción que dispone en una pared configurando una flor minimalista en la que alcanza la armonía por medio de la geometría.

“El huevo de la vida” (2024) de Héctor Zamora
El americano Meg Webster (1944) crea estructuras de tierra y hierba a modo de instalaciones que requieren cuidados constantes de luz y agua, que nos hacen reflexionar sobre las relaciones entre el hombre y la naturaleza.
Otros artistas cooperan con animales, como los nidos de golondrina de Asunción Molinos Gordo (1979). Son creados para anidar después de migrar de un continente a otro. Refleja el sentimiento de pertenencia.

“Los antiguos” (2024) de Asunción Molinos Gordo y “Volumen para acostarse” (2016) de Meg Webster
De forma más sutil y poética encontramos varias de las hojas del artista Daniel Steegmann Mangrané (2013). La quietud de las hojas, el salir de su entorno y encontrarse solas en una pared, fuera de su propio ambiente nos lleva a preguntarnos sobre las acciones del hombre sobre la naturaleza.

“Hojas llovidas” (2001)
Una gran rama de bambú en la que las hojas son reemplazadas por plumas toma el nombre de Roiseaux. Une el mundo vegetal con el animal a través de las palabras roseau (rama, caña) y oiseaux (pájaros). Cuelga del techo con finos hilos de nylon transparente para que la pieza flote y se mueva con el aire. Una obra del artista mexicano Gabriel Orozco (1962) que suele convertir objetos cotidianos en piezas conceptuales que retan al espectador a que reflexione sobre la misma.

“Roiseau 6” (2012) de Gabriel Orozco
Más de cien obras desde el siglo pasado hasta la actualidad recorren la exposición en la que se reivindica el poder y valor de la naturaleza, instándonos a reflexionar sobre la crisis medioambiental, ocasionada por la acción del ser humano. Constata uno de los roles del arte y de las instituciones artísticas.
Hasta el 3 de mayo de 2026
