Maria Helena Vieira Da Silva en el Museo Guggenheim
En el museo Guggenheim tienen un programa para visibilizar a mujeres artistas, generalmente del ámbito de la abstracción, que han pasado desapercibidas pero que merecen un capítulo en la historia del arte.,
En esta ocasión, rinden homenaje a la portuguesa Maria Helena Vieira Da Silva (1908-1992) de la que apenas había visto algunas piezas.
Su interés por la arquitectura se constituirá como el eje principal de su obra. Estudió anatomía investigando los huesos humanos, lo que le condicionará la mirada de los espacios. Así en “Blanco de Marsella” un edificio parece estar sostenido por un andamiaje, como si se tratara de una muleta, generando cierta tensión entre ambos objetos, que parecen necesitarse el uno al otro.

“Blanco de Marsella” (1931)
Viaja a París donde conoce a su marido, que también era artista. Allí impactada, entre otros, por Paul Cezanne y su «Jugadores de cartas», retrata a bailarines, jugadores de ajedrez y barajas de cartas. Le atrae el ajedrez como juego de acción y reacción en el que el damero caleidoscópico formado a base de pequeños cuadrados que se multiplican, se convierte en el fondo de sus obras. Es curioso observar cómo en su pintura, a pesar de estar dominada por lo abstracto, lo figurativo se oculta tras un fondo de mosaico y sobresale al mismo tiempo.

“Jugadores de ajedrez” (1946)
Con la llegada de la segunda guerra Mundial se exilia a Brasil donde retratará el sufrimiento y la tragedia humana. De esta época es “El Naufragio” en el que observamos una amalgama de figuras apretadas que son devorados por una ola. El poder de la fuerza del mar domina al ser humano que se ahoga bajo el agua.

“Historia trágico marítima o un Naufragio” (1944)
Tras el fin de la guerra vuelve a París donde describe el júbilo y la alegría que se materializa en celebraciones y fiestas. Es una época más abstracta, en la que se generan impresiones no identificables. Se vislumbra su influencia del cubismo y futurismo.

”La arena” (1950)
Viera nace el día de San Antonio. Como decía su madre nace entre ruidos de gaitas y petardos lo que marca su entusiasmo por la vida. Homenajea al santo en “El sermón de San Antonio” donde se agrupan un montón de figuritas formando pequeñas cuadrículas que pierden sus formas con la distancia.

“El sermón de San Antonio” (1947-1950)
Son recurrentes sus paisajes urbanos en los que representa tanto los exteriores como los interiores de edificios. Así observamos “Dédalo”, el constructor del laberinto del Minotauro, que construye una ciudad colmada de rascacielos. La carretera discurre entre ellos con vehículos que se distinguen por sus faros redondos. Aportan luz a la imagen de la ciudad nocturna y le otorgan movimiento.

“Dédalo” (1975)
En la última sala muestra su evolución hacia la luz que concluye con el color blanco. Este color simboliza la claridad máxima y permite simular cualquier día del año. Destaca el nivel de precisión con el que pinta, distinguiéndose los pequeños detalles como las banderolas con las que celebran las fiestas de París.

“Fiestas en París” (1950)
En definitiva, a través de sesenta y siete obras de las décadas de los 30, 40 y 50, muestra vistas fragmentadas de paisajes elaborados a partir de la técnica de la retícula con formas esqueléticas en las que surge lo figurativo, combinando la geometría, las ilusiones ópticas y la abstracción.
Hasta el 20 de febrero de 2025
