Alfredo Alcaín en Alcalá 31
Me encantan las obras de arte públicas y participativas así que cuando descubrí que el artista Fernando Sánchez Castillo (1970) organizaba en el Círculo de Bellas Artes una instalación colaborativa no dudé en acercarme. Trataba sobre la democracia e invitaba al público a reflexionar sobre su significado. La idea era plasmarlo en un papel que colocabas en una pared y a cambio te podías llevar uno de los 25.000 caballitos que se esparcían por el suelo. Caballos sin jinete que pretendían plasmar al animal en plena libertad carente del control de un hombre dominante. Una forma de reflexionar sobre la libertad, la democracia y el sistema político.
Aprovechando que estaba en la zona, me acerqué a la exposición de Alfredo Alcaín (1936) en la sala Alcalá 31, del que conocía principalmente sus bodegones de estilo puntillista.
Allí descubrí cómo su inclinación por los pequeños comercios le llevó a fijarse en un bordado de un bodegón de Paul Cezanne (1839-1906) en la mercería Pontejos. No dudó en comprar el cañamazo y reproducirlo. El hecho de coser punto a punto fue un foco de inspiración para su pintura que se basa en la aplicación de apercibidas pinceladas y potente colorido al estilo fauvista.

“Cézanne petit point II” (1981)
Alcaín ha abordado el bodegón desde diferentes puntos de vista. Tras su aproximación fauvista, lo reinterpreta con una visión cubista colorida y con relieve. De esta forma sus cuadros se convierten en esculturas y el cubismo se hace más cercano y comprensible.

“Bodegón del metro de carpintero y la regla” (1986)
En 1966 se empieza a interesar por las fachadas y escaparates de barrio que retratan la sociedad del momento. De esta forma captó los barrios castizos de la capital por medio de la representación de vitrinas de comercios convencionales como panaderías o hueverías y otros más especiales como el de hábitos que podemos contemplar a continuación.

“El escaparate de los hábitos” (1974)
Viajó a Roma donde tuvo una gran influencia de Giorgio Morandi (1890-1964) que pintaba bodegones como él. En la muestra se reproducen algunas de las obras que se expusieron en la galería Elvira González en los que se homenajeaba a artistas como Morandi. Una misma iconografía basada en naturalezas muertas construidas a partir de utensilios del día a día que se tapan entre sí otorgándonos una vista parcial, a las que aplicó las formas y paleta suaves típicas del autor italiano. 
“Pequeño Morandi” (1996)
A finales de los 90 empieza a diluir los volúmenes hasta llegar a la abstracción. Los bodegones se van haciendo más esquemáticos reduciéndose a líneas y color. Él lo denomina geometría caprichosa. Menos rigurosa que la convencional, pero la línea sigue siendo fundamental. Los denomina falsos abstractos.

Realizó esculturas de madera y cuadros escultóricos que compartimenta a modo de estantería y que completa con dibujos, pinturas, esculturas u objetos que representan un tema como puede ser su propio yo. De hecho, me pareció muy interesante su autorretrato en el que hace una introspección de sí mismo con sus pinceles, brochas, pinturas, fotos, bodegones y cartas que han definido su vida hasta culminar en una chapa mortuoria que marca el final de su vida con un DEP.

“Autorretrato en el curso del tiempo” (2014)
En definitiva, una retrospectiva de este Premio Nacional de Artes Plásticas que va más allá de sus habituales bodegones y escaparates. Demuestra cómo abordando temáticas convencionales, ha sido capaz de innovar y crear un lenguaje propio colmado de color en el que baila entre la figuración y la abstracción, lo pictórico y lo escultórico.
Hasta el 11 de enero de 2026
