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Diez Obras Maestras Que No Te Puedes Perder Del Museo Louvre En París

Diez obras maestras que no te puedes perder del Museo Louvre en París

  • Arte

Reconozco que soy una privilegiada por haber podido visitar este gran museo a puerta cerrada. No es de extrañar que un museo de tal envergadura cuente con más de 28.000 visitas diarias que genera grandes marabuntas de gente que se agolpen bajo las obras maestras más conocidas perdiendo parte de su magia. Sin embargo, conviene hacer el esfuerzo de abstracción y disfrutar de estas joyas. Recientemente un amigo me preguntó cuáles eran las obras principales que le recomendaba ver y decidí hacer este post.

Una de las salas que más llama la atención es la galería de las antigüedades en la que se suceden esculturas griegas y romanas que nos trasladan a otra época. Allí podemos encontrar la escultura griega “La venus de Milo”. Venus era para los romanos la diosa de la belleza y el amor, que los griegos denominaban Afrodita. A pesar de carecer de sus brazos, es una oda a la sensualidad que se genera tras su semidesnudez. Su postura semi inclinada nos transmite serenidad y naturalidad. El rostro girado hacia la izquierda rompe a su vez con la frontalidad otorgándole profundidad. El drapeado del paño con el que cubre la parte inferior de su cuerpo nos lleva a centrarnos en el pecho que remarca la femineidad. Un perfecto pulido le otorga más realismo y recalca su belleza.

Otra de las más importantes esculturas es “La Victoria de Samotracia” que se expone en lo alto de una escalera con las alas desplegadas y su cuerpo posado en una pierna y girado hacia adelante. Su posición refleja que se encuentra en la proa de un barco con el viento que rompe sobre ella y que parece que se dispone a lanzarse a volar. Sus ropajes se adhieren al cuerpo como consecuencia de la brisa, dejando entreverlo con gran sensualidad. A pesar de estar realizada de mármol, su minuciosidad consigue producir tejidos que parecen transparentes en los que se deja ver el ombligo. La velocidad que se percibe en la ropa de esta victoria muestra gran dramatismo.

Samotracia

“La Victoria Alada de Samotracia” (sII ac)

Según la mitología griega Psique era tan guapa que Afrodita colmada de celos le envió a su hijo Eros a buscarla para que le lanzara una flecha y se enamorara del hombre más feo. Sin embargo, Eros quedó prendado por su belleza y decidió esconderla para protegerla de su madre. Psique sin verle se enamora de él, pero un día enciende una lámpara curiosa por ver su cara, cae aceite en la cara de Eros perdiendo su belleza, lo que le lleva a huir. Psique no dejará de buscarle hasta qué cae cegada por el sueño. Eros decide ir a buscarla consiguiendo reanimarle y despertarla con uno de los actos de amor más bellos de la historia del arte. Esa escena de amor está perfectamente plasmada en esta escultura de Antonio Cánova (1757-1822) en el que Psique desfallece ante el amor de Eros. Una oda al romanticismo.

Canovas

“Psique reanimada por el beso del Amor” (1973) de Antonio Cánova

A nivel pictórico destaca Antonello da Messina (1430-1479), el pintor cuatrocentista italiano que introdujo la pintura al óleo en Italia. Según el escritor Giorgio Vasari2, fue a Flandes a conocer la técnica aplicando la iluminación y la definición del rostro de los flamencos. A partir de 1460 su obra se vuelve renacentista poniendo más énfasis en el claroscuro, como esta obra en la que únicamente la cara adopta un tono claro contrastando con el fondo oscuro. El formato del retrato es de pequeñas dimensiones llegando hasta debajo del hombro. Con gran sencillez muestra una mirada penetrante que, aunque lo observes desde diferentes perspectivas, percibes que los ojos te siguen, no dejando de observarte.

Messina

“Le condottiere” (1475) de Antonello da Messina

Continuando con lo pictórico, es una delicia ver la obra del italiano renacentista Doménico Ghirlandaio (1448- 1494) que expresa magníficamente la relación humana entre un niño y su abuelo, creando un momento de intimidad. Contrasta el realismo encarnado en la serenidad de la madurez del anciano con el idealismo e ingenuidad del niño. Lejos de esconder la fealdad provocada por el paso del tiempo, resalta las arrugas y pelo canoso del abuelo que se contraponen a la belleza y el candor de su nieto. El uso de la perspectiva se refleja a través de la ventana donde podemos contemplar el camino de la vida que comienza en el niño y acaba en el abuelo. Según Vasari, fue el primer artista que eliminó el dorado de la pintura.

Guirlandaio

“Retrato de un anciano y un joven” (1490) de Domenico Ghirlandaio

Leonardo da Vinci (1452-1519) fue uno de los grandes pintores de todos los tiempos además de genio y humanista. Sin embargo, sólo se conocen veinticinco obras en el mundo, estando cinco de ellas en el Museo Louvre, así que ya sólo por eso merece la pena una visita al museo. Nos vamos a centrar en su obra maestra, “La Gioconda”. Aunque no está totalmente claro se cree que se trata de un retrato de Lisa Gherardini. Tiene una composición triangular típicamente renacentista, enfrentándose al retrato con una visión más amplia del mismo, realizándolo no sólo hasta los hombros, sino de medio cuerpo.

Inventó la técnica del sfumato con la que borra los bordes suavizando los contornos de la figura gracias a la superposición de capas. Su rostro dulce y sereno junto a una sonrisa enigmática que proporciona diferentes interpretaciones y sensaciones, generan una atmósfera realista. Le interesa el movimiento y la sonrisa es símbolo de movimiento.

Incluye en su obra dos tipos de paisaje. Uno más terrenal con caminos rodeados de tierra y uno más cosmológico, el del cielo, que al aplicar un azul difuminado con la técnica del sfumato consigue un resultado más misterioso.

Monalisa

Retrato de Lisa Gherardini, llamada «Mona Lisa» o «La Gioconda» (1503) de Leonardo da Vinci

Enfrente, una obra colosal de casi diez metros de longitud representa las bodas de Caná, en las que Jesús hace su primer milagro, convertir agua en vino.

Está formado por tres planos horizontales. La parte superior está dominada por arquitectura teatral renacentista a base de suntuosos palacios con columnas dóricas y corintias. En el plano central e inferior se genera la escena.

En la parte baja se representa el banquete, situándose Jesús en el centro junto a la virgen María y los apóstoles. Los novios están sentados en el extremo izquierdo de la mesa y bajo Jesús una banda de músicos ameniza la fiesta, siendo uno de ellos el propio Veronese junto a otros pintores como Tiziano y Bassano. Se pone más de relieve la parte festiva que la religiosa.

La parte central está conformada por una balaustrada con sirvientes que preparan el banquete. Allí se corta la carne y se atisba cómo traen otro animal para la cena. Un cordero, que simboliza a Jesús, como “el Cordero de Dios” que van a sacrificar. Bajo él, junto a los músicos, un reloj de arena que simboliza la muerte tras el paso del tiempo que llegará tras el sacrificio.

Existen otros personajes ilustres como Carlos V y Solimán el Magnífico, contabilizando un total de 132 personajes diferentes. De todos ellos sólo miran al espectador Jesús y la novia implicándose con el público y sustentando la narrativa.

Emplea gran colorido, propio de la pintura veneciana del siglo XVI, donde los trajes son majestuosos y de colores vivos complementarios como el verde con el rojo o el azul con el naranja.

Veronese

“Las bodas de Caná” (1563) de Veronese

En el museo también podemos apreciar una de las obras más conocidas del artista holandés Johannes Vermeer (1632-1675). Es un óleo sobre lienzo pegado a una tabla de pequeñas dimensiones. Le interesaba retratar a personajes anónimos enfrascados en sus tareas cotidianas como podía ser la costura. Se respira el silencio de la intimidad. Una mujer encorvada para ver mejor su labor centra su mirada y sus manos en la manipulación del hilo sobre el tejido. Con un fondo grisáceo la atención se centra en la parte superior del cuadro más clara, en la que toma protagonismo la encajera con un vestido amarillo, su rostro y manos absortas en su tarea. La cara desenfocada nos lleva a dirigir nuestra mirada a las manos, el centro de la obra donde se desarrolla la acción.

Vermeer

“La encajera” (1670) de Vermeer

Theodore Géricault (1791-1824) fue pionero del romanticismo francés, cuyo maestro fue posteriormente Eugéne Delacroix (1798-1863). La intención era generar una pintura en la que predominara la expresión de los sentimientos, dotándolo de mayor libertad. En este ámbito encaja perfectamente la representación del naufragio de una goleta que estuvo a la deriva durante trece días y donde sólo sobrevivieron quince de los ciento cincuenta náufragos. Fue un escándalo nacional que generaba gran interés en el público con lo que al representarlo esperaba atraer muchos espectadores. El artista fue a visitar a algunas de las víctimas además de algunos cadáveres para intentar representar de la forma más fiel posible la desesperación ante esa situación. Para ello configuró una composición clásica piramidal sobre una base inestable como el mar, en la que iluminó los rostros y cuerpos de algunos de los integrantes para resaltar los sentimientos de angustia y exasperación. La desolación y la muerte se concentran en el plano izquierdo mientras que la esperanza está más presente en la derecha. Recurre a una paleta suelta y reducida que enfatiza el dramatismo. A su vez, el gran formato consigue un efecto teatral y que la emoción sea aún más plausible.

Gericault

“La balsa de la medusa” (1819) de Theodore Géricault

El artista francés Eugène Delacroix fue el líder que representó la revolución de 1830. Refleja cómo el pueblo tomó las calles para defender la libertad bajo la monarquía de Carlos X. Para ello, una mujer, mezcla de diosa griega y de mujer de pueblo cargada de sensualidad, toma la bandera de Francia y lidera la marcha. Hace énfasis en el color y el movimiento de los renacentistas venecianos. Refleja el drama y la pasión por lo exótico. Muestran la inquietud y la voluntad del pueblo por conseguir la libertad, igualdad y fraternidad.

Delacroix

“La Libertad guiando al pueblo” (1831) de Eugène Delacroix

Así cerramos la selección de diez obras del museo del Louvre, sabiendo que podríamos haber incluido fácilmente otras diez. No deja de ser una selección muy personal que probablemente no encaje 100% con la selección de cada lector pero que sí que nos indica diez obras que no te puedes perder si tienes la oportunidad de visitar este gran museo.

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