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La Influencia De Los Clásicos En Pablo Picasso, En El Museo Thyssen De Madrid

La influencia de los clásicos en Pablo Picasso, en el Museo Thyssen de Madrid

Me encanta cómo algunos museos han buscado la forma de celebrar el cincuentenario de la muerte del artista malagueño Pablo Picasso (1881-1973) mostrando una nueva perspectiva que nos permite comprender mejor su obra. Cuando descubrí que el Museo Thyssen organizaba una exposición dentro de su colección bajaron mis expectativas porque pensé que tendría menor riqueza expositiva. Sin embargo, quiero felicitar el trabajo curatorial que enfrenta las obras de Picasso a las de grandes maestros permitiéndonos entender cómo se plasman sus influencias.

La muestra toma el título “Lo sagrado y lo profano” y responde a una de las inquietudes que más han preocupado al ser humano. El arte intenta dar respuesta a ese desasosiego que genera el más allá, planteando respuestas en la religión y fuera de ella.

Cuando vino a Madrid a estudiar bellas artes, donde realmente encontró inspiración fue en los museos, que visitaba con asiduidad. Adquiría imágenes de obras que le gustaban y las coleccionaba de forma compulsiva pudiendo volver a ellas una y otra vez. En esta exposición han indagado precisamente en cómo el conocimiento de los grandes maestros afectó a su producción artística.

Para poder comprobarlo, podemos comenzar con el Greco (1541-1614) que revolucionó la luz y el plano. Pintaba figuras alargadas con gran expresividad, maximizándolas con un enfoque de la luz sobre el rostro y el cuerpo retratados con un fondo plano. Cuando observamos la obra cubista “Hombre con clarinete” de Picasso, podemos entrever un hombre de medio cuerpo, como el Cristo del Greco, que sujeta el instrumento musical en la misma posición con la que el Cristo del Greco se aferra a la cruz. Hay que considerar también que el espacio fragmentado y transfigurado habitual del Greco conecta con el cubismo, un lenguaje que Picasso defendía como figurativo.

Picasso y Greco

“Cristo abrazando la cruz” (1587-96) del Greco y “Hombre con clarinete” (1911-2) de Picasso

La geometrización de Diego de Velázquez (1599-1660) que apreciamos en “El retrato de Doña Mariana de Austria”, se refleja en las formas volumétricas tan habituales de Picasso como en “La cabeza de hombre”. Además, el artista malagueño aborda el retrato con frontalidad y una paleta parda y poco variada como Velázquez con Doña Mariana de Austria.

Picasso y Velázquez

“Retrato de Doña Mariana de Austria” (1655-7) de Velázquez y “Cabeza de hombre” (1913) de Picasso

Llegamos a Francisco de Zurbarán (1598-1664), un pintor que retratará a las santas mártires con ricas vestimentas como si fueran princesas, llevándonos a lo profano. Cuando la comparamos con “Mujer en un sillón” de Picasso, la disposición del cuerpo con un porte vertical y el brazo a medio cuerpo nos recuerda a “Santa Casilda” de Zurbarán. La mujer en el sillón de Picasso es su mujer, Olga. La vida burguesa que llevaba con ella le acabó atormentando y tuvo una relación con otra mujer, Marie Thérèse. Podría ser que el sentimiento de culpa o simplemente la mala relación con su mujer fueran la razón por la que la pintara de forma monstruosa, con una risa alocada.

Picasso y Zurbarán

“Santa Casilda” (1630-5) de Zurbarán y “Mujer en un sillón” (1927) de Picasso

En Picasso también podemos reconocer luces y sombras con un registro caravaggiesco. Si lo comparamos con José de Ribera (1591-1652), que mantiene esa clave tenebrosa, podemos distinguir una estructura, una luz y un color muy similar, con una volumetría que nos lleva a lo escultórico. Otra vez en el sillón tenemos a una Olga, medio mujer medio animal, con tono amenazante, no demasiado contenta con su situación.

Ribera y Picasso

“San Jerónimo penitente” (1634) de Ribera y “Mujer sentada en un sillón rojo” (1932) de Picasso

Le encantaba visitar el museo etnográfico en Trocadero atraído por las máscaras africanas. Le interesaba además de su geometría, la parte ritual y la sagrada. Quería entender lo incomprensible.

Lo incomprensible como el desamor que sufre el artista. Un amor no correspondido que personifica en un pierrot melancólico. Un personaje de la comedia italiana que le gusta revivir replicando formas y posiciones de la pintura clásica como la de este retrato de Bronzino (1503-1572).

Picasso y Bronzino

“Retrato de un joven como San Sebastián” (1533) de Bronzino y “Arlequín con espejo” (1923) de Picasso

Tras el fracaso de la guerra hay un retorno al orden y a lo imperecedero del clasicismo. En las maternidades de Picasso busca como referente las obras de sagradas familias en las que es habitual ver a la virgen con el niño, como el que reposa sobre la madre que pinta Picasso.

Picasso y Murillo

“La virgen y el niño con Santa Rosa de Viterbo” (1670) de Murillo y “Maternidad” (1971) de Picasso

Recurre a la mitología y al minotauro para plasmar las sombras del ser humano, sus vicios y actos irracionales. Ya había sido un tema utilizado por otros artistas como Gustave Mureau (1826-1898). Imbuido por la religión católica, algunos ritos e iconos, como el fervor de los pasos de Semana Santa le interesan por su poder como imagen y lo traslada a su obra. En los años treinta, cuando Europa estaba amenazada por totalitarismos, confronta el sacrificio del picador en una corrida de toros con la crucifixión. Muestra la violencia que se genera contra alguien inocente. Pretende sanar con su arte.

Los desastres de la guerra, ejemplarmente representados por Francisco de Goya (1746-1828), están en el Guernica, que muestran la brutalidad de la guerra en la que todos pierden. Mujeres víctimas con brazos alzados lenguas como cuchillos por gritos desgarradores reflejan el máximo dolor. La iconografía cristiana está incorporada. En esa obra podemos encontrar el toro de las corridas, el minotauro, el sacrificio o la crucifixión. Es como una natividad, pero al revés.

Picasso

«La crucifixión» (1497) de La Virgo Inter Virgines y «Corrida de toros» (1934) de Picasso

La exposición cierra el círculo al mostrar cómo posteriormente será Picasso la fuente de inspiración de muchos artistas. Así la vida y la muerte serán posteriormente representados por Willem de Kooning (1904-1997), que incluye elementos como la crucifixión, con gran expresividad gestual, colores estridentes y cierta violencia que nos puede recordar a obras de Picasso como “La crucifixión” en la que emplea una explosión de color, formas, perspectivas y escalas para representar este ritual.

Picasso y De Kooning

“La crucifixión” (1930) de Picasso y  “Abstracción” (1949-1950) de De Kooning

En total son cuarenta obras, de las que poco más de la mitad son de Picasso, que al enfrentarlas a otras clásicas nos permite comprender mejor sus influencias. Nos manifiesta cómo sabe aprender de los maestros para crear un lenguaje propio e indagar sobre temas vitales como el más allá, mostrando esperanza en la salvación.

Hasta el 14 de enero de 2024

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