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“Retrato De Un Artista Adolescente” De James Joyce

“Retrato de un artista adolescente” de James Joyce

Si hay una novela que deseo leer algún día, aunque nunca encuentro el tiempo y tranquilidad mental que requiere, es Ulises del autor irlandés James Joyce (1882-1941). Recuerdo que fue la única novela que mi madre no consiguió leer y reconozco que ese hecho me impone, aunque al mismo tiempo me atrae como un reto que espero poder alcanzar algún día.

Por esa razón me pareció que leer “Retrato de un artista adolescente” era una forma de ir acercándome a esa obra tan ansiada. En ambas novelas recrea al mismo protagonista, Stephen Dédalus, que se cree que hace referencia al autor.

James Joyce marcó un antes y un después en la literatura. Él y Marcel Proust (1871-1922) fueron los autores que rompieron con la narrativa lineal del siglo XIX. En vez de relatar una historia desde fuera, ellos se introducían dentro de los personajes describiéndolos con su mirada interior y realizando saltos tanto espaciales como temporales, algo que no se había producido hasta entonces.

Los monólogos interiores de Joyce se acercan a nuestra forma real de reflexionar, mostrándose en desorden y de forma repetitiva como ocurre habitualmente, dejando entrever nuestras obsesiones.

Estamos ante una novela de aprendizaje, ya que relata la evolución desde la niñez a la edad adulta, acompañada de una evolución estilística que ayuda a incidir en esa transición.

En la niñez se centra en sus vivencias, en la crueldad de los niños y la forma de impartir disciplina por parte de los profesores. Denuncia la violencia que se vivía en las aulas. Narra cómo llegó a rebelarse dando el paso de ir a contarle al director cómo le había pegado un profesor, lo que causó gran admiración entre sus compañeros. Se estaba forjando una personalidad propia en la cual no era un sujeto pasivo, sino que luchaba contra lo que le parecía injusto.

El título de la obra hace honor a la etapa de la adolescencia, que está magistralmente reflejada expresando las inquietudes e incertidumbres propias de los de su edad. Retrata la hostilidad frecuente de un adolescente ante las convenciones sociales, en este caso de la sociedad irlandesa, y su escepticismo ante los ideales de los demás.

En su búsqueda de identidad intenta encontrar la forma de poder hacer frente a su timidez e inexperiencia. Para ello se aleja de su familia en búsqueda de libertad, experimentando y errando. Los sacerdotes le aterrarán con la amenaza del infierno, lo que le llevará a cuestionar su educación jesuítica, convirtiéndose la religión en una de sus principales inquietudes.

Hay que tener en cuenta que, tras el descubrimiento del inconsciente por Sigmund Freud (1856-1939), comienza el cuestionamiento de la conciencia de los personajes, apareciendo el sentimiento del pecado que describe en la obra. Joyce plantea cómo enfrentarse a la religión en un país católico. Vemos cómo deambula a su alrededor acercándose y alejándose en busca de respuestas.

Poco a poco va madurando y haciendo a sí mismo siendo la literatura una de sus pasiones que da sentido a su vida. Defiende las letras, el enriquecimiento de su lectura y el poder de la creación.

Sus experiencias son narradas desde la parte emocional y racional con un alto nivel intelectual, pero generando complicidad con el lector que sigue el recorrido personal del protagonista como el de alguien cercano.

Son especialmente clarividentes las conversaciones con su amigo Cranly sobre estética y política en las que muestra cómo no comprende el fanatismo político, que genera violencia incluso en un intercambio de opiniones. Acaba de hecho diciendo «No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi patria o mi religión.”

Con esta frase resume perfectamente su cuestionamiento crítico de todo lo que lo rodea, queriendo ser fiel a sí mismo y no importándole romper con lo convencional en pro de la creación de su identidad.

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