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Encuentros Entre Artistas Clásicos Y Actuales En El Museo De Bellas Artes De Bilbao

Encuentros entre artistas clásicos y actuales en el Museo de Bellas Artes de Bilbao

Cuando vi que iba a pasar unas horas en Bilbao no dudé en revisar la programación para ver si había alguna exposición que despertara mi interés.

Bajo el nombre de “BBKateak” que no me parecía demasiado atractivo al no comprender su significado, se presentaba una exposición en el Museo de Bellas Artes de Bilbao en la que se comparaban artistas clásicos con otros contemporáneos. Me llevó a recordar la primera exposición que hubo en el museo Artium de Vitoria en el que como gancho para acercar el arte contemporáneo al público general comparaba obras clásicas y contemporáneas que tenían en común un concepto como la mirada, el amor, la familia o la muerte. Era una forma de descubrir cómo a lo largo de todos los tiempos se han ido tratando los mismos temas con diferentes aproximaciones.

En esta ocasión, me esperaba un enfoque similar en el que los conceptos se repetían con diferente perspectiva plástica. En algunas ocasiones, la similitud provenía más por su selección cromática siendo un resultado menos profundo y más estético.

Hay veintiuna salas en las que se enfrentan artistas como Alberto Durero y Eduardo Chillida, Anton van Dyck y José Luis Zumeta o Francis Bacon y Pello Irazu.

Uno de los que más me interesaron fue el cara a cara entre José de Ribera (1591-1652), precursor de Caravaggio y del claroscuro y el escultor navarro Angel Bados (1945). Por un lado, Ribera retrataba a “San Sebastián curado por las santas mujeres” (1620-3) en el que las luces enfocan el cuerpo yacente de San Sebastián y  los rostros de las mujeres quedando el resto en sombra, lo que le otorga gran dramatismo a la obra. Un dramatismo que se traslada a la escultura posminimalista de Bados creada a base de unos mástiles de hierro y plomo que yacen en el suelo cubiertos por unas telas rojas que añaden calidez y teatralidad a la escena.

Angel Bados

Interesante la sala que ocupa el holandés Hans Vredeman de Vries (1526-1609) y el vasco Darío Urzay (1958). Mientras Vries nos muestra sus caprichos arquitectónicos en los que predominan las líneas rectas, abarrotados de sinfín de detalles y personajes que confieren una pintura abigarrada; Urzay emplea la misma gama cromática enfrentando un espacio arquitectónico con simples líneas rectas y sin ningún tipo de objeto o detalle que distorsione la mirada, junto a unas imágenes orgánicas llenas de transparencias, luz y color. Contrapone lo digital versus lo pictórico.

Darío Urzay

Continuando con las formas, en esta ocasión se contagian las curvas sinuosas del ·Rapto de Europa” pintado por el flamenco Martin de Vos (1532-1603) a la pintura y escultura del lituano Jacques Lipchitz (1891-1973) aunque de una forma más sobria y pura.

Mientras que el flamenco hace una pintura monumental, para lo que juega con la postura de la mujer, detallista y refinada. Lipchitz se inspira en el mismo tema al realizar la escultura y la gráfica, pero de forma más teatral al contorsionarse el personaje sobre sí mismo.

El tratamiento del color, aun siendo más complejo el del pintor flamenco, no está muy alejado al de Lipchitz que parece captar su esencia. El color rojizo enfatiza la violencia del tema.

Lipzhitz

Mas rebuscado, pero también interesante, el cara a cara del italiano naturalista Orazio Gentileschi (1563-1639) y el vasco Ibón Aramberri (1969). Al igual que Gentileschi, en “Lot y sus hijas” (1628), realiza una sección de la que asoma un bello paisaje, Ibón centra su obra en una sección también circular en la que proyecta un paisaje. Esta última forma parte de un proyecto en el que Aramberri cerró una cueva con una estructura metálica dejando un simple agujero por el que entraban y salían murciélagos y se dedicó a observar. El concepto que trata de enfatizar cada uno es dispar, centrándose el primero en el pasaje bíblico y la belleza mientras que el segundo suele abordar temas como el impacto del ser humano en su entorno y en este caso en la naturaleza.

Ibón Aramberri

Más evidente es el diálogo que se genera entre la artista vasca Itziar Okaritz (1965) y la escultura “Retrato de mi mujer” de Jorge Oteiza, con la que conversa.  Esta escultura se encuentra precisamente expuesta en la sala. La obra del escultor fue realizada en yeso en 1947 destacando sus volúmenes geométricos. La proyección forma parte de la serie que realizó Itziar para la bienal de Venecia en la que creó vídeos de ella misma conversando con diferentes esculturas del museo como si estuviera tratando de dotarles de alma.

Itziar Okaritz

Esta muestra se completa con una instalación de hinchables del artista de San Sebastián Sergio Prego (1969) denominada “Trece a Centauro” que es concebida aprovechando el desalojo de la parte más antigua del museo. Con este título hace referencia a un relato de ciencia ficción en el que se investiga sobre el comportamiento del ser humano que ha hecho fracasar la colonización del espacio. Unos gigantes globos en blanco o negro translúcidos ocupan el espacio de varias salas resultando en algunos casos incluso dificultoso el paso. Así se consigue que el espectador tenga una experiencia entre la escultura y la arquitectura interior del museo. Estas grandes moles se confrontan con pequeños dibujos figurativos colgados en las paredes, contrastando la humanidad de los dibujos con la fría abstracción de las membranas neumáticas. El autor incita a pensar en el presente desde el futuro que se escribe en el pasado generando cierta tensión en el espacio.

Sergio Prego

En definitiva, una forma diferente de dar a conocer artistas vascos actuales que al emparejarlos con otros más clásicos provocando un interesante juego cromático y, en ocasiones conceptual, nos acerca al arte contemporáneo y al propio ser humano.

Hasta el 30 de septiembre de 2022

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