Saltear al contenido principal
«El Abuelo» De Benito Pérez Galdós

«El abuelo» de Benito Pérez Galdós

Después de leer “Misericordia” quise leer otra novela contemporánea de Galdós, perteneciente al mismo ciclo, el “espiritualista” pero con un cariz más alegre. Y seleccioné “El abuelo”, que se posiciona en un estrato social más elevado. Un anciano conde, sus dos nietas y su nuera la protagonizan.

La pertenencia a un estamento en esa época condicionaba completamente la vida de las personas. Como es habitual en Galdós, incide en esa rigidez ejemplarizando el caso de un aristócrata, el Conde de Albrit, que no puede vivir conforme a su rango al perder todas sus pertenencias. Esta debacle no influía únicamente en la pérdida de sus comodidades sino en sus relaciones de poder y mando. Tiene que solicitar el acomodo de sus sirvientes a los que se les ha encargado la educación de sus nietas. Sus criados vacilan entre mantener el respeto y cortesía con su huésped o aprovechar esa adquisición de poder como anfitriones para descuidar el trato hacia el conde, con gestos ingratos como dejarle de limpiar su habitación, reemplazar el lavabo de su habitación por una palangana o sustituir su apreciado café por una achicoria recalentada de hace días. El desapego y la mezquindad de los sirvientes queda patente.

La decencia que debería ir ligada a su condición aristocrática también se ve resquebrajada en la figura de su nuera, un poco casquivana que se casó con su hijo y que nunca fue merecedor de la estima del abuelo. Tras morir su hijo, descubre que una de sus dos nietas es ilegítima, lo cual supone un golpe para su honra. Decide acabar con esa humillación averiguando quién es la verdadera heredera y desprendérsela a su madre.

La vejez y el deterioro físico son retratados a lo largo de toda la novela en la que se evidencia esa lucha entre la fiereza de su espíritu, al que le llaman “el león” y que pone todos sus sentidos para identificar a su nieta de sangre, y la decrepitud de su cuerpo, en el que va perdiendo la vista hasta quedar casi ciego.

Como no podía ser de otra forma, cuando cree haber desenmascarado a la verdadera nieta, le entrega todo su cariño y promete no abandonarla nunca. Sin embargo, acabará adivinando su desacierto y replanteándose todos sus perjuicios y valores para romper con esa atadura de la ligazón de sangre y status.

Una vez más, es como si Galdós nos diera una lección y nos hiciera replantearnos lo verdaderamente importante y alejarnos de las ataduras sociales. Enfrenta lo ideal con lo real de forma que la búsqueda de la verdad le hace encontrar la verdad del amor.

Publicada en 1897, con posterioridad a “Misericordia”, anticipa en el prólogo su interés para hacerla dialogada como el final de “Misericordia”. Dividida en cinco jornadas como una obra de teatro, insistió en que fuera una novela, aunque posteriormente la acabó convirtiendo en una obra teatral. Pretendía minimizar las descripciones y la narrativa para captar mejor los caracteres de los personajes, lo cual no era posible por medio de la narración desde el exterior.

Y es que, si algo caracteriza a Galdós, además de su minucioso retrato de la sociedad del siglo XIX, es cómo logra introducirnos en sus personajes al reproducir las pasiones y debilidades del ser humano, lo físico y lo espiritual; advirtiéndose en sus novelas una ligera tendencia a ahondar cada vez más en el interior humano, en su espíritu, venciendo en el caso de “El abuelo” el amor sobre todas las convenciones sociales y sobre la propia honra del Conde de Albrit.

Esta entrada tiene 0 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba