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«Misericordia» De Benito Pérez Galdós

«Misericordia» de Benito Pérez Galdós

Desde que leí Fortunata y Jacinta me ha pasado como cuando con 18 años empecé a leer los Episodios Nacionales. Solo quiero leer a Benito Pérez Galdós.

Esta vez decidí imbuirme en “Misericordia” (1897), una de sus “Novelas españolas contemporáneas” del ciclo espiritualista. Fue P. Galdós el que le dio ese nombre a las novelas publicadas entre 1881 y 1889 y que describen la sociedad madrileña de la segunda mitad del siglo XIX.

La obra gira alrededor de Benina, la criada de una mujer burguesa, Doña Paca, que no queriendo resignarse a perder su nivel social por el qué dirán, va dilapidando su patrimonio hasta quedarse sin nada, careciendo incluso de sustento para alimentarse cada día. Su criada, que le tiene mucho cariño, se apiada de ella y decide pedir limosna a escondidas de su ama para que pueda subsistir sin que ella sea consciente de su miseria. Pero además de proporcionarle a ella alimento, trata de ayudar a otros necesitados, como su amigo Almudena, un ciego del norte de África, al que se le malentiende su español y cuya vida indigente le hace caer enfermo.

Benina representa el valor de la misericordia en mayúsculas y supone una lección para cualquier lector. Ese altruismo y generosidad es especialmente valorada por su amigo ciego, que como ya en su día Galdós utilizó el recurso del ciego con Marianela, el hecho de no ver le permite valorar el alma bondadosa de Benina.

Galdós tiende a emplear personajes comunes a modo de marionetas que introduce y retira de sus novelas. En esta ocasión, en un momento hace un guiño a Guillermina Pacheco de “Fortunata y Jacinta” comparándola con la protagonista principal y a su vez distanciándose de ella. Confunden a Benina con Guillermina y enseguida la primera aclara, que se siente muy honrada por la comparación pero que en nada se parecía a la Santa, reflejando una vez más su grandeza y modestia.

Fiel al realismo, Pérez Galdós revela en el prefacio la importancia que tiene para él la investigación de cómo vivían esta capa de la sociedad para luego ser capaz de plasmarlo adecuadamente en sus descripciones. Para ello, pasó tiempo con ellos observando cómo se comportaban para posteriormente construir un retrato fiel.

Ahonda sobre un extracto de la sociedad, los desamparados y la mendicidad, en el que la lucha diaria por la supervivencia de estas personas humildes es conmovedora. Sin embargo, la generosidad y humanidad de Benina se transmiten de tal forma que llega a minimizar la aflicción que podría producir este retrato de miseria y desventura.

Le mueve el sueño de volver a tener recursos, quizás de alguna herencia, y llega incluso a inventar a un personaje, Don Romualdo, un cura al que afirma que ayuda cuando en realidad las monedas que adquiere proceden de la limosna. Un cura que sueñan que traerá buenas nuevas cambiando su destino. Y ese sueño se hace realidad, el personaje inventado es real y le comunica a Doña Paca que ha recibido una herencia y que se acabarán así todas sus penurias.

Sin embargo, aparece su nuera Juliana, atraída por la riqueza y el poder, que enturbian su alma y la convierten en despótica y autoritaria hasta el punto que convence a Doña Paca para que prescinda de Benina y la reemplaza por otras criadas más adecuadas a su nueva situación ofreciéndole a Benina una asignación para poder subsistir. La entrega de Benina a Doña Paca había sido tan titánica que la reacción de su ama se torna en despiadada. Desagradecimiento y olvido que una vez más el gran corazón de Benina acoge con humildad y decide no abandonar a su amigo Almudena para seguir mendigando y viviendo de la caridad.

Misericordia es una de las últimas novelas que publicó el autor, en la que se enfatiza el valor de la caridad y de la bondad. La espiritualidad se percibe de principio a fin y el lector finaliza la obra deseando parecerse a Benina, como llamaba Galdós a Guillermina, la Santa.

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